Otoño de 2003
La victoria electoral de Luis Inàcio Lula da Silva tiene un significado mucho más amplio que el mero éxito de la persistencia de un político oriundo de las capas más pobres. Con él asciende al poder un proyecto de transformación de la sociedad brasileña, tributario y crítico al mismo tiempo del proceso de modernización implementado a partir de la revolución de 1930. Entretanto, la coyuntura actual dificulta bastante una política de transformación social. La nueva fase del capitalismo, delineada a partir de una reacción a los acontecimientos de mayo de 1968, no solo se caracteriza por la dinámica expansionista (la famosa globalización) y por el predominio de la forma financiera del capital. En los países situados fuera del núcleo central del capitalismo, la perspectiva inmediata es un incesante deterioro de la precaria modernización económica y social, obtenida sobre todo gracias a las brisas favorables que soplaron entre 1945 y 1980. El nuevo gobierno se enfrenta con la tarea de superar esas dificultades, y realizar el anhelo de cambios sociales. El resultado de este enfrentamiento no sólo se vincula con la reorientación del aparato estatal, sino también con la capacidad en despertar y movilizar las fuerzas vitales de la sociedad.