Por el modo casi omnipresente de instalarse en la vida cotidiana, en los proyectos, las preocupaciones y hasta en los sueños de buena parte de la sociedad, el trabajo, en sus distintos y variados aspectos, se ha convertido, notoriamente, en uno de los temas de mayor interés entre nosotros. Se habla pródigamente de la carencia de trabajo, de la necesidad de trabajo, del exceso de trabajo, del precio del trabajo, de la relación entre el capital y el trabajo, e incluso del vínculo entre el trabajo y la seguridad. Es escaso, en cambio, el tratamiento de la valoración del trabajo.
Los que están dormidos son compañeros de
trabajo de aquello que en el mundo se produce.
Heráclito de Efeso (Fragmento 75)
Es habitual, en los estudios marxistas, que el concepto de fuerzas productivas sea determinado como una categoría vinculada a la estructura económica de la sociedad, a la base real que condiciona la vida política e intelectual. La presumible fuente de esa determinación es, verosímilmente, el conocido prefacio a la Contribución a la crítica de la economía política que Marx redactó en enero de 1859. La autoridad de ese antecedente dificultó las posibilidades de aplicación del concepto al ámbito de las producciones estéticas. No obstante, algunos autores pertenecientes a la tradición marxista se abocaron a explorar esas posibilidades. En el trabajo que aquí presentamos se tratan algunas de esas exploraciones, y se propone una contribución en esa dirección que pretende colaborar para la constitución de una estética materialista.
El alistamiento en las filas de los movimientos revolucionarios de una gran cantidad de intelectuales, escritores y artistas sensibles a las injusticias sociales fue, como es sabido, una de las características de la vida política en los años sesenta. Impulsados por la necesidad de una perentoria transformación de la sociedad que perpetuaba las desigualdades, y guiados por el viejo principio iluminista, retomado por la izquierda, según el cual los intelectuales son la vanguardia de la historia, muchos hombres de letras y artistas de entonces decidieron tomar parte en la lucha política contra el sistema. En ese contexto algunas teorías estéticas comenzaron a defender una fuerte convicción con rasgos de imperativo moral: los artistas comprometidos debían constituirse, a través de su propio quehacer específico, en vanguardia política de las masas. Para avalar esa convicción los marxistas de esos años solían apelar a un prestigioso antecedente estético-político: la teoría y práctica brechtiana sobre el teatro.