Gutiérrez, Edgardo

Licenciado en Filosofía. Docente e investigador de la cátedra de Estadística en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Ha publicado artículos sobre la filosofía de la obra de Borges y sobre temas de estética en libros y revistas especializadas, nacionales y extranjeras. Colaborador de Herramienta.

Critica de las tesis de Marx sobre el arte griego y de su interpretacion por Lukács

Concebida a partir de los principios filosóficos del materialismo dialéctico, la estética de Lukács puede ser considerada la versión oficial de la ortodoxia marxista. En ella el arte es entendido como reflejo de la realidad, como uno de los modos en que la realidad objetiva, cuya existencia es independiente de la conciencia humana, se refleja en ésta, para luego ser materializada en un producto artístico. La realidad es la realidad social e histórica, y el reflejo de esa realidad, pensado en términos dialécticos, aparece en la obra de arte. Esta tesis parece interpretar, en materia estética, el célebre axioma contenido en el prefacio de la Contribución a la crítica de la economía política de Marx: “no es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, es su ser social el que determina su conciencia” (Marx, 1986: 7), que bien podría ser considerado como el fundamento de la estética del filósofo húngaro. Así Lukács intenta realizar, en la esfera propia del arte, la inversión dialéctica de la invertida dialéctica hegeliana. 

Contra el trabajo

Por el modo casi omnipresente de instalarse en la vida cotidiana, en los proyectos, las preocupaciones y hasta en los sueños de buena parte de la sociedad, el trabajo, en sus distintos y variados aspectos, se ha convertido, notoriamente, en uno de los temas de mayor interés entre nosotros. Se habla pródigamente de la carencia de trabajo, de la necesidad de trabajo, del exceso de trabajo, del precio del trabajo, de la relación entre el capital y el trabajo, e incluso del vínculo entre el trabajo y la seguridad. Es escaso, en cambio, el tratamiento de la valoración del trabajo.

Hacia los años tempranos del siglo XIX, en la obra de Hegel, y luego a mediados de ese mismo siglo en la de Marx, encontramos la defensa de una vieja tesis según la cual en el trabajo está encerrada la esencia del hombre. Esa tesis, potentemente arraigada en la cultura de la civilización, conduce a suponer que el hombre que no trabaja apenas merecería ser considerado un hombre. Podría decirse, siguiendo ese pensamiento, que un hombre que carece de trabajo es un hombre en sentido biológico, pero no un hombre en un sentido estricto, es decir, en el sentido antropológico. Si la tesis es correcta, habría que admitir que la excensión del trabajo comporta una mutilación, una especie de minusvalía, un defecto. Y dadas las condiciones actuales de la existencia del hombre, en virtud de las cuales el fenómeno de carencia del trabajo es ostensiblemente comprobable, se debería concluir que una importante porción de la humanidad actual padece tal mutilación. Así es como la sociedad considera, explícitamente o de forma encubierta, a aquellos que, por una u otra razón, han dejado de trabajar o no trabajan, ni trabajaron, ni trabajarán: los desocupados, los ancianos, los vagabundos, los discapacitados, los locos; pareciera que ellos son algo así como pseudohumanos. 

Las fuerzas productivas estéticas

 

Los que están dormidos son compañeros de
trabajo de aquello que en el mundo se produce.

Heráclito de Efeso (Fragmento 75)

Es habitual, en los estudios marxistas, que el concepto de fuerzas productivas sea determinado como una categoría vinculada a la estructura económica de la sociedad, a la base real que condiciona la vida política e intelectual. La presumible fuente de esa determinación es, verosímilmente, el conocido prefacio a la Contribución a la crítica de la economía política que Marx redactó en enero de 1859. La autoridad de ese antecedente dificultó las posibilidades de aplicación del concepto al ámbito de las producciones estéticas. No obstante, algunos autores pertenecientes a la tradición marxista se abocaron a explorar esas posibilidades. En el trabajo que aquí presentamos se tratan algunas de esas exploraciones, y se propone una contribución en esa dirección que pretende colaborar para la constitución de una estética materialista.

Estética y Política. El compromiso del artista de los '60 a los '90.

El alistamiento en las filas de los movimientos revolucionarios de una gran cantidad de intelectuales, escritores y artistas sensibles a las injusticias sociales fue, como es sabido, una de las características de la vida política en los años sesenta. Impulsados por la necesidad de una perentoria transformación de la sociedad que perpetuaba las desigualdades, y guiados por el viejo principio iluminista, retomado por la izquierda, según el cual los intelectuales son la vanguardia de la historia, muchos hombres de letras y artistas de entonces decidieron tomar parte en la lucha política contra el sistema. En ese contexto algunas teorías estéticas comenzaron a defender una fuerte convicción con rasgos de imperativo moral: los artistas comprometidos debían constituirse, a través de su propio quehacer específico, en vanguardia política de las masas. Para avalar esa convicción los marxistas de esos años solían apelar a un prestigioso antecedente estético-político: la teoría y práctica brechtiana sobre el teatro.

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