Allá por el año 1999 en Buenos Aires estábamos asistiendo a la calma que anunciaba la tormenta. El tendal de pobreza, corrupción y tristeza generalizada que dejó el neoliberalismo pudo ser aprovechado políticamente para sembrar esperanzas en remozadas fórmulas que no fueron más que un breve suspiro. Se extendía por el mundo aquella doctrina propagandizada por el sociólogo inglés Anthony Giddens: la Tercera Vía. El Estado retomaría las debilitadas riendas y el capital y el trabajo se conciliarían en un renovado contrato social. Como la historia no le da tiempo ni oportunidad a la cavilación extemporánea, en sólo dos años pasó el Argentinazo cual huracán y se llevó puesta cualquier impostura. A nivel mundial la anexión de Tony Blair a la carrera bélica imperial selló, definitivamente, el fin de esa aventura política.
“Con el optimismo de la voluntad y el pesimismo de la inteligencia…”
Su muerte llamó tanto la atención como sus escritos y su actitud política dentro y fuera de Cuba. Solía definirse como un "souvenir de la Revolución Cubana", por ser la hija de dos héroes, Haydée Santamaría y Armando Hart.
Su realidad se parecía a esa frase, con la envoltura de sus virtudes y desafíos.
Uno de los fenómenos más llamativos y alentadores del proceso revolucionario que vive Venezuela es la emergencia y renovación constante de su base social militante. Por base social militante queremos significar la actividad de cientos de miles de jóvenes, mujeres y hombres que a diario realizan acciones sociales y políticas de diversa índole y maneras. De esa masa, decenas de miles se organizan en forma permanente para la actividad política en diversas agrupaciones de la vida económica, social, política y cultural.
Ediciones Herramienta y Universidad de Puebla, México.
294 páginas
I
Pocas veces, en la historia de los debates políticos, una sola pregunta ha contenido tantas respuestas y ha provocado embrollos tan complicados, al punto de conducir a polarizaciones irrefrenables y fraccionamientos muchas veces evitables.
Si se pudiera hacer la cuenta de las divisiones sufridas por partidos, agrupaciones y movimientos, marxistas y no marxistas del siglo xx, sorprendería descubrir que casi todas tuvieron como punto de partida la respuesta final dada a las preguntas del ¿Qué hacer?. Lenin, que tenía muchos defectos, menos el de enamorarse de lo que escribía, habría modificado de buen gusto el citado título si eso permitiera evitar tanto lío.
De la noche a la mañana un golpe militar derrocó al presidente Chávez, un gobernante al que Bussines Week había apodado el “huracán del Caribe”. Y de la noche a la mañana un contragolpe militar con apoyo de masas lo devolvió al gobierno. Parecía una chanza de mal gusto. Todo en cuestión de horas.
Veinticuatro horas antes, nadie entre los oprimidos podía imaginar que veinticuatro horas después estaría derribando al gobierno. Menos aún, que con esa rebelión engendraría un movimiento independiente de asambleas barriales, quizá el más importante producto social y cultural desde el Cordobazo. Ambas cosas ocurrieron. Desde entonces, toda la vida social se aceleró al ritmo de la crisis política.