“Empezamos con casi nada. Esto nos mueve a querer buscar más. Se mira alrededor, se va tanteando, se coge” (Bloch, 1972: 21). El comienzo, o el origen, es casi nada, algunos textos, algunas huellas, vagamente legibles porque, es cierto “hay algo sospechoso, así se empieza. Pero, al mismo tiempo, hay que buscar algo más de lo que aparece a primera vista. Se pregunta por un
quién escondido” (Bloch, 1988: 245). Porque “esconder quiere decir: dejar huellas. Pero invisibles. Es el arte de la mano ligera” (Benjamin, 1992: 116). Este
ante rem, este rastro elusivo que debe convertirse en evidencia, es, precisamente, el inicio del juego, comparable a un rompecabezas visible sólo en claroscuros, y que oculta precisamente la sombra fundamental, la del origen, que no es ni más ni menos que la de la identidad. El
quién escondido (una de las identidades que Peter Zudeick investiga), un autor, es quien inicia nuestro juego del escondite, a partir de su “Visión filosófica de la novela de detectives” y de las
Huellas [Spuren], esas narraciones o historias que permanecen como impresiones o detalles (¿evidencias?) de algún ‘crimen’ original (o, quizás, de algún pecado original que determina esa identidad como tal); evidencias de alguna rebelión fundamental, la obra de Ernst Bloch. En este sentido, nuestra búsqueda tambien se inicia en los trazos o en las huellas, literalmente, de la obra de otro autor, igualmente elusivo, aunque vital y filosóficamente emparentado con Bloch en relación con sus perspectivas, su “linaje” y su producción místico-filosófica: Walter Benjamin
[1].