En los últimos quince o veinte años, la organización económica y política de los medios de comunicación, así como las prácticas sociales que estos media representan, se modificaron por completo en la estela de profundas transformaciones kondratieffianas en el conjunto de la sociedad capitalista. Una industria cultural ampliada que articula imbricadamente desde los fabricantes de componentes, equipamientos y sistemas (ej. Sony, Toshiba, Phillips, LG, Microsoft, etc.) hasta los productores y programadores culturales propiamente dichos (ej. Time-Warner, Disney, News Corp, Yahoo!, Google, Globo en Brasil, etc.), pasando por los proveedores y operadores de redes y sistemas de transporte y distribución (Telefónica, AT&T, Comcast, TIM, etc.) asumió la condición de eje motor de la economía capitalista en la actual etapa, respondiendo directamente por el 6,5% del PBI mundial (UNCTAD, 2008; IDATE, 2009) e, indirectamente, fomentando los comportamientos, las creencias, los deseos que alimentan la producción y venta de buena parte de la producción consumida en todo el mundo industrializado en estos días. Es que esta producción (automóviles, vestimenta, electrodomésticos, alimentos, etc.) es vendida y consumida en la forma de marcas y etiquetas, fetiche del fetiche de la mercadería (Fontenelle, 2002). Y la adhesión del así llamado “consumidor” a los significados de distinción, pertenencia, identificación gregaria que esas marcas conllevan, se da a través de los espectáculos (cinematográficos, musicales, deportivos, etc.) que aquel complejo industrial cultural produce, programa y distribuye mundialmente (Debord, 2000; Dantas, 2011).