La vivificante trayectoria de los movimientos sociales en América Latina y Argentina sacó de su letargo las interpretaciones sobre las fuerzas sociales que motorizan el cambio social y abrió una de las discusiones más atrayentes acerca de los sujetos emergentes y en disputa en nuestra región. Mujeres, campesinos, poblaciones originarias y rurales, desocupados entre otros, por su relevancia en el espacio público parecieron postularse como referencia clara y a la vez unívoca, de las resistencias múltiples que se asocian a la complejidad de lo social y que enfrentan, a su modo, la deriva del capital. A la vez, conveniente y convincentemente, los trabajadores amansados por la desocupación, la precarización, la puesta en práctica de novedosos dispositivos y mecanismos disciplinarios, cuando no por las mismas organizaciones sindicales que los aglutinan, fueron relegados del campo de reflexión sobre lo que está en movimiento y cuestiona el orden social. O, alternativamente, fueron revitalizados en aquello que saben hacer, esto es combatir por la continuidad y defensa de las condiciones laborales perdidas, puntal que legitima un estado de integración por vía del empleo asegurado.
En los últimos años la polémica en torno al fin del trabajo ha tamizado los debates centrales de las ciencias sociales. En las discusiones que de una u otra manera hacen alusión a la temática, generalmente se asimilan conceptos bien diferentes (como trabajo y empleo), cuando no se mixturan niveles de análisis (el de modo de producción, el de las formaciones sociales e históricas concretas), o se hace referencia a fenómenos diversos que se utilizan tanto para afirmar como para refutar la desaparición del trabajo (aumento / decremento del empleo, el desempleo, la precarización del mismo, los cambios en la composición del trabajo, en las formas de organizarlo, entre otros).