Daniel Bensaïd (1946 - 2010)
Al contrario de lo que muchos suponen, Marx no es un “filósofo de la historia”. Es más bien -y mucho antes que la segunda Consideración intempestiva de Nietzsche, La Eternidad por los Astros de Blanqui, el Clio de Péguy, las tesis “Sobre el concepto de la historia” de Walter Benjamin, o el libro póstumo de Siegfried Kracauer La Historia - uno de los primeros en haber roto categóricamente con las filosofías especulativas de la historia universal: providencia divina, teleología natural, u odisea del Espíritu. Esta ruptura con respecto a las “concepciones verdaderamente religiosas de la historia” está sellada por la formulación definitiva de Engels en La Sagrada Familia: “¡La historia no hace nada!”. Esta constatación lapidaria deja de lado toda representación antropomórfica de la historia como un personaje todopoderoso que maneja los hilos de la comedia humana a espaldas de los seres humanos reales. Esto está desarrollado y expresado muchas veces en La Ideología alemana.
Acerca de un libro reciente de John Holloway
A propos d’un récent livre de John Holloway
El hundimiento de las dictaduras del Este europeo no es sólo un acontecimiento en lo político. También lo es para el pensamiento y, especialmente, para la tradición crítica que desde hace siglos trabaja para sacar a luz el fundamento del reino de la mercancía. Durante mucho tiempo, Marx fue considerado el analista mas perspicaz de ese poder. Después, el dogmatismo se apoderó de su leyenda, le construyó un mausoleo y usurpó su obra.
Pero no se espere sin embargo de este libro la revelación de un pensamiento puro, al fin desprendido de sus escorias políticas. Porque si bien se mira, surge claramente que Marx se pasó la vida peleando con su sombra y discutiendo con sus propios fantasmas. Y acá no se trata tanto de oponer un Marx original a sus deformaciones, como de sacudir la pesada modorra de las ortodoxias, para que se aprecie la coherencia de una empresa crítica de actualidad indudable: ¿el fetichismo de la mercancía no llegó acaso hasta el último rincón del planeta?
En primer lugar, mostrando lo que con toda seguridad el pensamiento de Marx no es: ni una filosofía del fin de la historia, ni una sociología empírica de las clases anunciando la inevitable victoria del proletariado, ni una ciencia para conducir a los pueblo del mundo por los caminos del progreso inexorable.
Estas tres críticas - de la razón histórica, de la razón económica y de la positividad científica - discuten y se complementan. Están en el centro del empeño crítico de Marx y constituyen entonces, lógicamente, el esqueleto de éste libro.
Y explican también, al mismo tiempo, para qué puede servir hoy la relectura de los grandes textos - sobre todo El capital - , en qué contribuyen a la respuesta de los interrogantes contemporáneos sobre el sentido de la historia y la concepción del tiempo, sobre las relaciones entre las contradicciones sociales y los otros modos de conflictividad (según el sexo, la nacionalidad o la religión), sobre la validez del modelo científico predominante sacudido por las mismas prácticas científicas.
De este Marx intempestivo, que en su época rompió sin vacilaciones con los cánones científicos y políticos más reconocidos y resucita cuando se creía que sus cenizas estaban definitivamente aventadas, es preciso un balance con inventario. Y es lo que acá se hace: con ciencia, consecuencia e inspiración crítica.
"La Humanidad más allá del Capital": el tema propuesto sin signos de interrogación por los organizadores de este III Congreso Marx Internacional para esta sesión de clausura implica tres pre-conceptos optimistas: primero, que ya existe una Humanidad singular y mayúscula; segundo, que habrá una más allá del Capital; tercero, que este más allá no será también un más allá de la humanidad, contrariamente a lo que las tendencias a la autodestrucción de la especie pueden hacer temer.
Estos pre-conceptos están puestas a prueba por el malestar creciente con la mundialización y la barbarie del mundo, de lo que los atentados del 11 de septiembre y la guerra ilimitada al terrorismo decretada por G. W. Bush en su discurso del 20 de septiembre constituyen el último desarrollo.
Multitud. Guerra y democracia en la era del Imperio,[1] el último libro de Michael Hardt y Antonio Negri, prolonga la reflexión comenzada en Imperio. Ambos autores responden algunas críticas y objeciones, aclaran posibles malentendidos y dan precisiones sobre su pensamiento. Multitud se presenta bajo la forma de tres grandes partes: la que versa sobre la noción de multitud constituye el eje central, entre una primera parte consagrada a la guerra y una tercera, más prospectiva, consagrada a la democracia. Este libro permite confirmar importantes puntos de convergencia y de encuentro: sobre la importancia atribuida al estado de guerra permanente en la determinación de la situación mundial, sobre la atención puesta en la cuestión de la propiedad y en las contradicciones exacerbadas entre la socialización del trabajo (especialmente intelectual e inmaterial) y la apropiación privada, sobre el hilo conductor que constituye la cuestión democrática para todo proyecto emancipatorio.
A Hannah Arendt le preocupaba que la política pudiera desaparecer completamente del mundo.1 Ante los desastres del siglo, resultaba inevitable establecer si "en definitiva la política todavía sigue teniendo algún sentido". Lo que estaba en juego en esos temores era algo eminentemente práctico: "El sinsentido alcanzado por toda la política queda puesto de manifiesto por el callejón sin salida en que se precipitan las cuestiones políticas particulares"2.
Para Arendt, el totalitarismo era la forma que tomaba esa temida desaparición. Hoy día nos topamos con otra cara del peligro: el totalitarismo con rostro humano, propio del despotismo de mercado. En él, la política está comprimida entre el orden establecido de los mercados financieros y las prescripciones moralizantes del capital ventrílocuo.
¿Qué expresa la invasión por Norteamérica de Irak? Para no caer en un determinismo reduccionista, no se debe olvidar el peso de los acontecimientos en el encadenamiento de los hechos: Bush pudo perder las elecciones que apenas ganó por una pequeña diferencia y probablemente gracias al fraude; los atentados del 11 de septiembre pudieron fracasar, etcétera. En síntesis, la historia no es un gran complot con un todopoderoso titiritero manejando los hilos. Pero no es tampoco un teatro de insensato ruido y furor. Existe una lógica de los acontecimientos. Las sinrazones tienen sus razones. Desde ese punto de vista, la guerra actual estaba doblemente anunciada. Desde 1989, una reorganización a gran escala del planeta está en el orden del día. La ruptura del precario equilibrio de posguerra, posibilitó un nuevo reparto de territorios, de riquezas, de zonas de influencia.Desde el verano de 1990, los Estados Unidos comenzaron a redefinir los medios y la misión de sus fuerzas militares.