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Introducción
Las propagandas de Ecuador como destino turístico realzan la impresionante diversidad de paisajes concentrada en un pequeño país. Un territorio menor que el de Polonia es atravesado por la cordillera de los Andes, salpicando el paisaje de picos nevados y volcanes que separan la Amazonia en el oriente de la costa del Pacífico, donde se localiza el santuario ecológico de Galápagos, atractivo turístico requerido mundialmente. Si en el plano geográfico se destacan la diversidad de paisajes reunidos en un espacio diminuto, el análisis de la coyuntura revela una analogía en el plano político, donde la naturaleza de los problemas concentrados en el país expresa a través de una situación paroxística los dilemas comunes al destino del continente en el siglo XXI.
Por un lado, los desafíos enfrentados por una tímida economía exportadora primaria basada en la explotación de petróleo para superar la dependencia son agravados por la ausencia de una moneda nacional desde la dolarización en 2000, proyectando a un cuadro continental la aspiración de soberanía nacional. Por otro lado, el legado socialmente desintegrador y ambientalmente devastador de la efímera riqueza petrolera de los años 70 está en la raíz de una aguda sensibilidad para la renovada explotación de los recursos naturales en el presente, donde la resistencia indígena y campesina se suma al argumento ambientalista en la presión por un modelo de desarrollo alternativo. La convergencia entre los desafíos de soberanía, desarrollo económico y ecología presionan por un estándar civilizatorio alternativo cristalizado en la noción de raíz aborigen sumak kawsay o “buen vivir”, consagrado en la constitución aprobada en 2007. Los conflictos desatados por la afirmación de este principio y la simultánea profundización de la explotación minera están en la raíz de las contradicciones vividas por el gobierno de Rafael Correa.