El cuento de la criada: una metáfora demasiado tangible


Por Morena Pardo y Majo Gerez

La segunda temporada de la serie basada en la novela de Margaret Atwood llegó en el marco del debate por la legalización del aborto en Argentina: ¿por qué y cómo esta ficción nos interpela, a la vez que nos sirve para pensar el tablero de la política mundial?

Las criadas visten de rojo. Caminan por la calle en fila, como cada vez que se trasladan en grupos grandes. Bajan la cabeza, miran el piso, sus rostros custodiados por un bonete blanco. Pero no es Gilead, no es el ficticio país totalitario que pensó Margaret Atwood en territorio estadounidense. Las veredas no son las ruinas conservadoras de lo que supo ser Boston. Es la Ciudad de Buenos Aires. Las criadas se forman frente al Congreso y alzan los pañuelos verdes con la vista al frente. Nolite te bastardes carborundorum, carajo.

La analogía es fácil y por eso Lavaca Mu eligió esta performance. Otro tanto había llevado a cabo María Florencia Alcaraz, desde NiUnaMenos y LATFEM, en su exposición ante el plenario de comisiones de Diputadxs durante el proceso de audiencias.  “Decir que no tiene que dejar de ser un privilegio en este país”, decía. En El Cuento de la criada, escrita por  Atwood en 1985 y devenida serie multipremiada, las criadas son mujeres fértiles (de las pocas que quedan en ese mundo distópico) que son privadas de su libertad por el terrorismo de Estado gobernante en Gilad, adoctrinadas, asignadas a una familia poderosa, y violadas sistemáticamente en una perversa ceremonia para gestar lxs hijxs de ese matrimonio. Son obligadas a gestar, parir y encima a resignar a sus hijxs. Es tan horrible, tan injusto, que a veces cuesta verlo.

Quizás esa angustia frecuente responde a un reconocimiento de que la realidad no dista tanto de la ficción como quisiéramos. En varios lugares del mundo y también en la Argentina actual con el aborto penalizado y un acceso desigual (aunque legislado) a la educación sexual integral y métodos anticonceptivos, las mujeres tampoco son libres de decidir cuándo, cómo y con quién tener hijxs. Aún sin un marco totalitario, desde la clandestinidad del aborto hasta la violencia obstétrica, se atenta contra la libertad sexual y reproductiva de las mujeres. Algunas mueren en ese camino. Es tan horrible, tan injusto, que durante mucho tiempo costó verlo y hablarlo.

El análisis comparativo se vuelve más crudo cuanto más se profundiza. Muchas personas en contra de la legalización del aborto, incluídas la Vicepresidenta de la Nación Gabriela Michetti, pretenden obligar a las mujeres a gestar y a dar en adopción. Es eso o la clandestinidad y sus riesgos múltiples, a veces fatales. En esos términos, la diferencia de fondo (aunque para nada menor, claro) entre un Estado que penaliza el aborto y el Gobierno de Gilead respecto de las libertades sexuales y reproductivas, es la forma de organización del poder y la legitimidad del mismo.

No para nada la propia Margaret Atwood (otra vez candidata al Premio Nobel) insiste en sentar posición sobre la situación en Argentina. El 25 de junio, la autora canadiense interpeló por Twitter a Gabriela Michetti cuando parecía que la jefa de la Cámara de Senadores quería articular estrategias dilatorias para el tratamiento definitivo de la ley. “No aparte la mirada de las miles de muertes que hay cada año por abortos ilegales. Dele a las mujeres argentinas el derecho a elegir”, dijo esa vez.

Michetti le respondió cuando en La Nación le dieron derecho a réplica por las enormes críticas que había recibido su tristemente célebre entrevista anterior en el mismo medio. Dijo que no había leído a Atwood ni visto la serie, pero defendió su postura: “Para mí de manera privilegiada, somos las que podemos portar al ser humano que ya se ha concebido. No lo considero como una cosa lamentable, como ‘qué macana que nos tocó esto’. Al contrario, para mí es un don extraordinario que la vida nos dio. Si tuviéramos una sociedad mucho menos individualista y mucho menos yoica, me parece que le daríamos mucho más valor a eso”.

Las redes, atentas y astutas, fueron rápidas en la lectura comparada y respondieron con un meme en que se ve la cara de Michetti photoshopeada sobre el personaje de la tía Lydia. Las “tías”, en Gilead, son una suerte de comadronas del mal que se dedican a adoctrinar a las criadas en el nuevo sistema, enseñándoles las reglas de convivencia, y convenciendolas (o al menos intentando) de su “deber divino” de concebir para otrxs. Mostrándoles que su voluntad individual no importa y queda relegada ante un servicio y una obligación superior, altruista, que es espiritual pero también es social.

Aunque muestran grises y en muchos casos son las encargadas de defender a las criadas ante otros posibles abusos, las tías son crueles. Imponen los castigos a las criadas rebeldes que se rehúsan a adaptarse: en Gilead se mutilan ojos, lenguas y manos a las que no acatan o las que osan alzar la voz (acorde a una interpretación lineal de la Biblia). Las tías no tienen compasión: convencen a las criadas de resignar el vínculo con sus hijxs y seguir adelante, hacia una nueva familia asignada.

Gabriela Michetti es cruel: minimizó el trauma de llevar adelante un embarazo no deseado y propuso en cambio valorar ese “don extraordinario” que tenemos las mujeres. Michetti dijo que “podés dar en adopción el bebé y no te pasa nada”. Gabriela Michetti tampoco tiene compasión.

Por las dudas, Margaret volvió a aparecer y le dio un nuevo valor a la analogía que muchxs hacen entre Gilead y los territorios donde el aborto está penalizado. Pero sobre todo, retrucó con altura y soltura los dichos de Michetti. En comunicación con Diario UNO de Santa Fe, elaboró: “Las mujeres que no pueden tomar la decisión sobre si tener o no bebés son esclavas, porque el Estado reclama como propiedad a sus cuerpos y al derecho a dictar el uso al que deben someterse sus cuerpos”. Buscala en el ángulo, Gabi.

Contra la restauración conservadora

Las similitudes con ese horroroso mundo distópico de El Cuento de la Criada no sólo sirven para pensar la realidad concreta de Argentina. En un escenario global que da señas cada vez más claves de una restauración conservadora, Gilead se vuelve faro de referencia último para recordar aquello que no queremos y que no podemos permitir. Así como el ejercicio de la memoria nos recuerda qué cosas de nuestra historia no se pueden repetir, ese posible mundo futuro de la ficción se vuelve espejo de lo que nunca podemos igualar.

En Estados Unidos, el gobierno de Donald Trump viene llevando a cabo esfuerzos para coartar los derechos sexuales y reproductivos conquistados por las mujeres hace casi cuatro décadas atrás: en el poderoso país del norte, el aborto es legal desde 1973. En algunos estados como Ohio o Texas, donde hubo intentos concretos para limitar el derecho al acceso al aborto, se realizaron protestas con mujeres vestidas de criadas similares a la del Congreso porteño. Pero sin pañuelos verdes, claro. Esa parte del uniforme es nuestra.

Si bien la serie se lanzó en Estados Unidos antes de que Trump ganara las elecciones presidenciales, se han disparado múltiples comparaciones al respecto. Es que tanto en el caso de Estados Unidos como en el retorno de gobiernos neoliberales en América Latina, este intento de restauración conservadora sobre nuestros cuerpos, sea desde los discursos anti-derechos contra el aborto o las campañas contra la “ideología de género”, aparece como reacción frente al crecimiento del movimiento feminista.

En El Cuento de la Criada, el gobierno democrático de Estados Unidos es derrocado por una facción ultraconservadora de los puritanos, autodenominados Los Hijos de Jacob (en alusión al relato bíblico). Este grupo, convencido de que el exceso de libertades individuales está llevando al mundo a su ruina, propone que las mujeres deben retomar su deber natural y divino de concebir y así repoblar la tierra, sin importar su deseo. Aunque el gobierno de Gilead es totalitario, sus avances encuentran legitimación en varios grupos sociales que comparten ese pensamiento y su base religiosa.

Por su parte, Donald Trump también apeló a lo más rancio de los discursos conservadores en tanto racistas, xenófobos, misóginos y de odio a las disidencias sexuales para ascender al poder. Al principio, muchxs se reían de sus dichos por considerarlos absurdos. En la ficción, los discursos de Los Hijos de Jacob también resultaban irrisorios y altamente repudiados al principio. Pero rápidamente los atropellos verbales de Trump encontraron asilo en sectores que compartían ese pensamiento, que lo votaron y que legitiman los atropellos contra los derechos humanos que se dan aún en el marco de un gobierno democrático.

Por las dudas: nadie quiere decir que algunos de los sistemas políticos actuales (cuyos dirigentes han sido votados democráticamente y se alejan de un cercenamiento absoluto de los derechos humanos como el que se da en Gilead) sea análogo al ficticio. Pero son comparables porque tienen puntos (a veces más profundos, a veces más superficiales) de contacto, y el análisis se vuelve necesario para reconocer que la renovación de los discursos ultraconservadores no puede subestimarse, ni en los gobiernos ni en los ciudadanos.
En este sentido, es importante destacar que muchas de las situaciones que más aberración generan de la historia fueron inspiradas por hechos que efectivamente sucedieron en alguna coordenada espacio-temporal de la historia. Según declaró la propia autora en una entrevista: “Me impuse una regla a mí misma: no incluiría nada que los humanos no hubiesen hecho en algún lugar o tiempo pasado, o para lo que la tecnología necesaria no existiera todavía. No quería ser acusada de oscura, o de hacer invenciones, o de animar al potencial humano a un comportamiento deplorable”.

La apropiación de bebés durante la dictadura militar argentina y los campos de concentración del nazismo, son dos de los ejemplos históricos clave sobre los que se construyó el mundo ficticio de Gilead. Por eso a veces duele tanto ver El Cuento de la Criada: el trasfondo ideológico suena demasiado cercano, en tiempo y espacio.

Refeudalización de las vidas

La antropóloga Rita Segato habla de una refeudalización del mundo, de un Señorío sobre la vida hacia las mujeres. En la ficción, el Comandante Fred es el dueño de todas las mujeres de la casa: de su esposa Serena, de la criada June rebautizada Offred, de la sirvienta Martha. Es que en Gilead, las criadas no tienen nombre propio sino que son mujeres vasija que adquieren un título relativo al varón al cual son asignadas: “Offred” es “De Fred”, la propiedad es literal.  Este punto en específico nuevamente no está lejos de la realidad: durante siglos las mujeres perdieron su apellido paterno al momento del casamiento para portar el de sus maridos. Y el “de” también está presente allí de forma literal. Las mujeres éramos (y en muchos lugares seguimos siendo) sujetas sociales incompetentes obligadas a la dependencia o subyugación de uno u otro varón.
Así como en la ficción se busca “corregir” a las mujeres autónomas para servir a fines supremos, lo mismo vivimos en un intento de refeudalización de nuestras vidas. Porque las mujeres cruzamos algunas fronteras que el patriarcado nos quiere hacer volver marcha atrás. Por eso aquellas que cuestionan o rehúsan el mandato de maternidad obligatoria, las que encarnan disidencias sexuales y las que reclaman el derecho a decidir sobre sus cuerpos y sus vidas, son acusadas de “no ser mujeres”. De la misma forma, en Gilead, las feministas son llamadas “no-mujeres” y las lesbianas son catalogadas de “traidoras de género”. Ambas son condenadas a muerte.

En la realidad, la terrible imagen que circuló entre ciertos grupos anti-derechos que mostraba a una joven con el pañuelo verde, siendo apuntada en la cabeza con una pistola que además sostiene un rosario católico, parece una propaganda política de Gilead. La imagen de lxs niñxs de escuela primaria marchando estilo militar en Santiago del Estero portando los pañuelos celestes, habla de una voluntad de re-adoctrinamiento conservador que reviste una alta peligrosidad aún en un contexto donde todavía logramos avances en derechos.

Si las criadas van a oponer resistencias a la restauración conservadora o bajaran la cabeza definitivamente, parece ser la incógnita a resolver en la tercera (y posiblemente última) temporada de El Cuento de la Criada. Qué tanto permitiremos avanzar los esfuerzos por hacernos retroceder, es la pregunta que debemos responder las mujeres del mundo de cara al futuro cercano.
En un capítulo bisagra de la primera temporada, un momento de sororidad y organización entre las criadas permite vislumbrar un halo de esperanza, de empoderamiento colectivo como impulso de vida. Todas vestidas de rojo, avanzan por las calles de Gilead, se reconocen y se sienten menos solas. “Si no querían un ejército, para qué nos dieron uniforme”, afirma June desafiante. Nosotras también nos inventamos un uniforme para reconocernos, para sentirnos acompañadas: con el pañuelo verde al cuello, en la muñeca o en la mochila, avanzamos por las calles hacia el Congreso. “Será ley”, afirmamos desafiantes.

Publicado en LAFTEM el 17 de julio de 2018